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miércoles, 18 de abril de 2018

Excursión a Medina Azahara: lluvia y un guía muy particular



Reservé con mucha antelación una excursión para pasar el día visitando Medina Azahara y la ciudad de Córdoba junto con un grupo de amigas. La cosa prometía, pues yo nunca había estado en Medina Azahara y me habían hablado muy bien del lugar. Pero justo unos días antes se instaló una borrasca sobre los cielos de España y allí se quedó muy a gusto. Sabíamos que llovería pero la excursión no se anuló. Nosotras íbamos preparadas con nuestras botas de agua, zapatos y calcetines de repuesto, chubasquero y paraguas.

Empezó por no quedar claro dónde debía recogernos el autobús pero la cosa acabó como una simple anécdota. Las personas que esperaban en la parada subieron ocupando cada uno el asiento asignado y nosotras hicimos lo propio. Nuestro guía se sorprendió de que todos nos hubiésemos sentado en la parte trasera, tan “lejos” de él y nos dijo que nos sentáramos delante que solo íbamos a ser 15 personas. Todos nos miramos y nos encogimos de hombros sin movernos del lugar asignado. Menos mal que no le hicimos caso porque en la siguiente parada el autobús consiguió un lleno absoluto.

Vista de Medina Azahara.

El guía se presentó oficialmente, afirmó que su reto era regresar del viaje sin que se le perdiera ningún “abuelillo” y que había hecho una recopilación de canciones para la ocasión con todo el cariño del mundo. ¡Ay, ay! Me temí lo peor y mis temores se vieron confirmados cuando sonó la primera de las canciones con mucha guitarra española, mucho “poderío” y mucho arte. Nada detendría a nuestro guía en su idea de “viva el viiiiiiino y laaaaaaas mujeres, que por algo son regalo del Señor”… Tuvimos nuestra ración de Camarón, El Fary, Los Chichos, Los Chunguitos, Las Grecas… que pueden estar muy bien en determinados momentos, pero no a las ocho de la mañana, a todo volumen, en un autobús lleno de gente que dormitaba o intentaba conversar con el acompañante. Nada haría entrar en razón a nuestro guía que desatendía las protestas de los pasajeros, no sé si porque no le interesaba que le estropearan su recopilatorio o porque realmente no los escuchaba ya que sus voces se ahogaban bajo la potencia de Manolo Escobar o Isabel Pantoja. Los pobres “abuelillos”, como él se empeñaba en llamarlos aunque les molestara, le gritaban que quitara la música, que la bajara o que pusiera la radio, pero todo caía en saco roto. Nuestra única esperanza era que el CD se acabara. ¡Fuimos unos ilusos! Cuando el CD finalizó ¿qué ocurrió? ¡Qué lo volvió a poner dos veces más!

Paramos en la mitad del camino para desayunar y proseguimos nuestro viaje camino a Córdoba.

Nuestro guía, un cúmulo de sorpresas, nos anunció que, como el día estaba lluvioso (aún no había llovido), no visitaríamos las ruinas de Medina Azahara como estaba programado, sino el centro de recepción donde se nos proyectaría una película hablándonos del lugar, después iríamos a un centro comercial y finalmente a la ciudad de Córdoba con visita opcional a la Mezquita.

Mis amigas y yo nos miramos incrédulas… ¿Habíamos viajado hasta Córdoba con la promesa de ver Medina Azahara y nos iban a poner un documental y llevarnos a un centro comercial? Nuestras protestas se hicieron oír y, otras personas se unieron a nosotras, hasta conseguir un amago de motín que el guía sofocó prometiendo que quien quisiera podría subir a las ruinas ¡media hora!

Llegamos al aparcamiento y tuvimos que esperar a que el guía acompañara a aquellos que iban a ver el documental, recogiera las entradas y volviera con nosotros para que subiéramos en un bus lanzadera que nos llevaba al pie del yacimiento. No dejó de protestar en todo el camino y temer que alguien se rompiera la cadera.

Conseguimos entrar en la antigua ciudad califal donde podían verse grupos de visitantes aquí y allá cada uno con su guía. Nosotras nos fuimos sin el nuestro. Una parte del complejo estaba cerrado porque, precisamente ese día, estaba grabando un vídeo musical el grupo Medina Azahara ¿Qué mejor lugar para ello? Pero el tiempo no acompañaba y el viento barría el pelo rubio y largo del cantante que tenía que repetir la toma una y otra vez.

El grupo musical Medina Azahara posando en la antigua ciudad de Medina Azahara.

Comenzó a chispear y varias de nuestras amigas corrieron a refugiarse en el punto de encuentro, único lugar techado del yacimiento. Nosotras decidimos seguir para ver las pocas paredes y arcos que seguían en pie después de más mil años (la ciudad la mandó construir Abderraman III entre los años 936 y 976). Fuimos rápidamente, cruzándonos con otros grupos de visitantes que presumían de que eran chicarrones del norte, que una simple llovizna no les iba a amilanar y permanecían parados frente algún muro escuchando las largas explicaciones de su guía.

De repente un torrente de agua comenzó a caer sobre nosotras, el viento puso los paraguas del revés y en unos segundos quedamos empapadas. Todo estaba chorreando, nuestra ropa, nuestros bolsos, nuestras cámaras, nuestro pelo exactamente igual que si acabáramos de salir de la ducha. Ya no quedaba rastro de nadie, ni siquiera de los chicarrones del norte.

El camino de regreso al único lugar techado era cuesta arriba y allí nos dirigimos luchando contra el viento y el agua casi sin poder caminar. En el último tramo estaba ya tan cansada, ahogada y empapada que no me esforcé más y mi amiga me grabó en vídeo desde la protección de la estación base mientras yo subía a paso lento bajo la lluvia…
Medina Azahara bajo la lluvia, al fondo se ven algunas personas con paraguas.

Nos agolpamos bajo el techo esperando la llegada del bus lanzadera y nos metimos todos dentro como sardinas en lata. El guía nos miraba y repetía: “no quería decirlo… pero os lo dije”.

Todo el día lo pasaría con el pelo mojado y soltando gotitas de lluvia cada vez que movía mi bufanda pero, asombrosamente, no me resfrié.

Después comimos en un buffet, todo muy rico y abundante. Cuando salimos de allí, aún estaban nuestros acompañantes poniéndose morados a base de gambas de Huelva…

Había dejado de llover y las nubes comenzaron a disiparse dando paso a grandes claros azules, de ese color que solo los cielos andaluces poseen.

Mezquita de Córdoba.
Estuvimos más de media hora sentadas en el autobús vacio, esperando que nuestros compañeros de viaje se dignaran a aparecer para continuar el viaje y comentando la mala pata de que nos lloviera justo en Medina Azahara y ahora saliera el  sol… ¿No podíamos volver? No habíamos logrado ver gran cosa del yacimiento…

Cuando los “abuelillos” regresaron al autobús no faltó quien dijo: “ya hemos comido, ahora volvamos a casa…”

No, no, no… de volver a casa nada, que aún quedaba visitar la Mezquita de Córdoba. Y allí fuimos, aunque el guía nos había prometido que antes nos enseñaría los alrededores contándonos cosas curiosas sobre la ciudad y después quien quisiera tendría tiempo de visitar la Mezquita y los demás podían sentarse a tomar un café tranquilamente.

El autobús paró junto al magnífico puente romano y concertamos el sitio y lugar en el que nos reuniríamos para volver a casa. Pero en el camino entre el puente y la puerta de la Mezquita perdimos de vista al guía y a nuestros compañeros. Los buscamos por todas partes, adentrándonos en las callejuelas de la antigua judería, estrechas, pintorescas y repletas de tiendecillas de recuerdos. Ni rastro. Volvimos sobre nuestros pasos, compramos la entrada de la Mezquita y allí apuramos todo el tiempo que nos habían dado hasta la hora de regreso. Había poca gente en el interior del monumento, pero ninguno de ellos eran nuestros compañeros… Parece ser que ya estaban cansados o que un café puede resultar más atractivo que una catedral incrustada en el interior de una asombrosa mezquita de infinitos arcos.

Crucero de la catedral renacentista en el interior de la Mezquita de Córdoba.

Corrimos por el puente romano hasta el autobús para llegar a la hora señalada casi sin detenernos para hacer fotos a la silueta de la ciudad. Los “abuelillos” habían sido más rápidos porque estaban todos allí, sentados ordenadamente, diciendo: “ahí llegan las fotógrafas”…

El guía nos anunció que era el cumpleaños del conductor del autobús. Cumplía 65 años y aquel era su último trabajo, a las ocho de la tarde debíamos estar en nuestra ciudad porque comenzaba la jubilación del buen hombre. La gente aplaudió y le cantamos el “cumpleaños feliz”… y deberíamos haberle seguido cantando nosotros antes de que el guía volviera a endosarnos su famosa recopilación de canciones. Cuando hubo terminado el CD nos anunció que no lo volvería a poner si contábamos chistes, porque éramos unos sosos. Como nadie se ofrecía voluntario, comenzó contando él mismo uno verde y malo. La gente siguió sin animarse y el joven cumplió lo dicho haciéndonos escuchar a todo volumen y en bucle el CD que había preparado con tanto cariño… y destacando que había logrado regresar sin que se le perdiera ningún “abuelillo”.
 
Puente romano y torreón en Córdoba.

martes, 3 de abril de 2018

Sobre los papeleos, los que no saben tratar con el público y la guasa que tiene la gente.



Hace poco tuve que ir a formalizar una documentación que necesitaba con cierta urgencia, por lo que me apresuré a sacar cita previa a través de internet y presentarme el día y la hora indicada. Recuerdo que tenía la cita a las 13:15h y llegué con bastante antelación por si no se presentaban los números anteriores. Sospechaba que alguno dejaría pasar su cita porque, aunque a mí me corría prisa, otros no veían este papeleo como necesario y el día amaneció con un aguacero de los que no se veían desde hacía tiempo. Pero cuando llegué a la oficina me encontré mucha gente en la puerta.

https://pixabay.com/es/burocracia-aktenordner-papeleo-2106924/
 El edificio tenía una cornisa amplia bajo la que todos se agolpaban, menos un muchacho rumano que había optado por quedarse fuera, quizá para librarse de la aglomeración, y esperaba impasible bajo la lluvia con un chándal de llamativo estampado.

El guardia de seguridad no parecía reparar en nosotros desde la comodidad del interior del edificio y se paseaba entre la puerta de cristal y el arco de seguridad que franqueaba la entrada.

Así pasamos un buen rato, hasta que salió a proclamar que podían entrar las personas que tenían cita a las 12:00 y 12:15. Miré el reloj con extrañeza. Era casi la una de la tarde y todavía tenía que esperar a que atendieran a una buena cantidad de personas.

El segurita volvió a salir un rato después para pedir que entrara la siguiente tanda y dos muchachas extranjeras aprovecharon para pedirle que las dejara entrar. El hombre las escrutó con gran seriedad y les preguntó si tenían cita, a lo que las muchachas dijeron que no. Entonces les dijo secamente que sin cita no serían atendidas. Ellas preguntaron cómo se pedía cita y él, por toda respuesta, les señaló un cartel que estaba colgado en la puerta. El cartel remitía a una web y a un número de teléfono. Las jóvenes se miraron sorprendidas. Los que esperábamos bajo aquel pequeño techo fuera de la oficina también nos dirigimos unas miradas de asombro al ver la parquedad de palabra y los modos rudos con los que el guardia había respondido a las extranjeras. Yo sentí un poco de vergüenza al tratar de imaginar la impresión que las muchachas se llevarían de los españoles ante tal comportamiento, pero ellas debían tener mejor sentido del humor que yo, ya que se lo tomaron a guasa y cuando el de seguridad se dio la media vuelta comenzaron a cuchichear y reír.

-Llevo aquí una hora y aún no lo he visto sonreír ni un instante- dijo una señora que esperaba junto a la puerta.

-Es que si sonríe se disloca la mandíbula- se burló un caballero que sostenía un paraguas negro.

Mientras, iban llegando más personas y el escaso espacio de techo se nos iba haciendo cada vez más pequeño.

-Los de las 12:30- dijo el de seguridad asomando de nuevo.

-Disculpe- volvió a intervenir la muchacha extranjera – ya que estamos aquí ¿podríamos entrar y pedir cita en el mostrador?

El guardia negó con la cabeza y volvió al interior del edificio con las personas citadas.

Cuanto más intentaba hacerse respetar más conseguía el efecto contrario. El tono grave, hosco y antipático del empleado lograba que la gente permaneciera seria mientras él estaba presente, pero, en cuanto se daba la vuelta, todo el mundo se lo tomaba a risa y no paraba de hacer bromas.

-¡Qué sorpresa! ¿Cómo vosotros por aquí?- preguntó una señora que acababa de llegar a un matrimonio que compartía paraguas.

-Ya ves- dijo la mujer- De papeleo.

-Llevamos toda la semana de papeleo- se quejó el marido- Ayer estuvimos dos horas en comisaría para hacernos el pasaporte… Porque a mi mujer se le ha ocurrido que marzo es muy buen mes para viajar… ¡marzo! ¡Con una ola de frío polar, una ciclogénesis explosiva, inundaciones en toda Europa!

-¿Cómo iba a saber yo…?- protestó la interpelada.

-Haciendo caso al hombre del tiempo- la interrumpió – Ya lo venía advirtiendo desde antes de que sacáramos los billetes. El tiempo está muy malo…

-¿Habéis visto que ahora le han puesto nombre a las borrascas?- intervino la recién llegada – Como los americanos les ponen nombre a sus huracanes, ahora nosotros les vamos a poner nombre a nuestras borrascas, a falta de huracanes…

-¡Qué Dios nos libre!- se alarmó el pobre hombre.

Al cabo de unos minutos volvió a aparecer el de seguridad para llamar a los de las 12:45.

Entonces el muchacho rumano se acercó hasta la puerta con la intención de entrar en la oficina, pero el guardia lo detuvo y lo miró con disgusto comenzando a echarle una gran reprimenda. El joven se puso blanco y sus ojos reflejaron una mezcla de asombro y miedo que a todos nos hizo comprender que pensaba que el segurita llamaría a la policía y se lo llevarían, poco menos que esposado. Pero aquella impresión no podía estar más equivocada y solo se debía a la falta de conocimiento de nuestra idioma, ya que, aunque el tono del guardia nos había alarmado a todos, sus palabras no eran nada amenazantes.

-… ¿Por qué no te has resguardado bajo el techillo? ¡Mírate! ¡Estás empapado!
Efectivamente, el joven había permanecido bajo una incesante lluvia sin paraguas, y estaba tan calado que la ropa se le pegaba al cuerpo y el color del chándal se le había oscurecido.

-¡Vamos, entra, entra!- le dijo abriéndole la puerta.

https://pxhere.com/es/photo/700326


Las muchachas extranjeras no se habían marchado con la esperanza de que el responsable de seguridad acabara siendo amable con ellas. Al contemplar que, a pesar de la bronca que le había echado, finalmente había dejado pasar al joven, y obviando que el muchacho tenía cita, las dos cruzaron una significativa mirada y luego observaron decididas la lluvia que caía fuera. El de seguridad se pasó la mano por la cara con un gesto de auténtico hartazgo, pero les permitió la entrada.

Al cabo de un rato volvió a asomar y solo dijo:

-Había una persona para las 13:15. ¡Qué pase la puerta de cristal!

¡Ay, ay! ¡Qué esa persona era yo! ¿Por qué me llamaba a mí solamente? ¿Y los demás? Crucé entre la gente que estaba delante y pasé la puerta de cristal como me había indicado, pero junto a la puerta estaba el arco de seguridad, así que lo pasé también. Y aunque no pitó, oí su voz airada gritarme:

-¡He dicho la puerta de cristal, no el arco!

Volví rápidamente sobre mis pasos y me quedé entre la puerta y el arco sintiendo que había metido la pata. Yo no tenía tanta cara como las dos jóvenes que no habrían dudado en ponerse bajo la lluvia para que las dejara pasar, pero tampoco la falta de comprensión del idioma del muchacho rumano que pudiera justificar mi expresión de susto. No sabía qué hacer porque el espacio entre la puerta de cristal y el arco de seguridad era tan pequeño que tampoco me parecía lugar adecuado para pararse.

-¿He dicho yo el arco?- volvió a gritarme.

-¿Dónde me pongo?- fue lo único que se me ocurrió.

-Aquí, aquí- murmuró una muchacha que también estaba esperando en aquel recoveco.

 El empleado cruzó el arco de seguridad mientras nos dejaba allí, en tierra de nadie. Miré a través del cristal a la gente que esperaba fuera, y pude darme cuenta que, una vez más, cuchicheaban y reían entre ellos llegándome a hacer gestos de complicidad bajo aquel techito mientras la lluvia seguía cayendo a sus espaldas.

-Pasad- nos dijo.

Y por fin entré en el edificio, donde el personal administrativo me trató correctamente y pude hacer el trámite que tenía pendiente.


lunes, 19 de marzo de 2018

Diario de Viaje: Albufeira, Lisboa y Cascais IV. Belém y sus maravillosos monumentos.


Lee las anteriores partes del diario de viaje a Portugal: parte I (viaje y llegada a Albufeira), parte II (llegada a Lisboa y catedral) y parte III (Lisboa).

Belém y sus monumentos

Claustro del Monasterio de Belém.

Fachada del Monasterio de Belém.
El autobús sí iba al barrio de Belém y nuestra parada fue junto a la famosa pastelaria donde venden los no menos famosos pasteles de nata. Mi amiga se perdió entre la gente, pero me la volví a encontrar en el Mosteiro dos Jerónimos donde se había reunido con su madre y su hijo. Al día siguiente tuve la feliz coincidencia de encontrármela mientras desayunábamos en el hotel y me dirigió unas palabras muy bonitas, llamándome “menina” y deseándome que paseara mucho e hiciera muchas fotografías.


No nos dio tiempo a ver todas las maravillas que esconde Belém, pero sí entramos en el precioso Monasterio de los Jerónimos y en su iglesia. Gótico muy recargado, de lo que en España llamamos Isabelino y que en Portugal se conoce como Gótico Manuelino, el monasterio es realmente precioso y recomendable, así como su iglesia, donde puedes subir a la parte alta (que  comunica con el monasterio) y tener una vista privilegiada de sus naves y esbeltas columnas, aún más bonitas y grandes que las de la catedral. El patio era realmente bello e impresionante. Se pasan las horas sin que te des cuenta dentro de tan precioso recinto y cuando sales su maravillosa fachada atrapa tu atención.
Iglesia.

Una carretera separa el monasterio del Monumento aos Descobrimentos al que se accede por un paso subterráneo (esto fue lo que menos me gustó de Belém, aquel paso oscuro, sucio y un tanto peligroso).

Monumento de los descubridores.
El Monumento aos Descobrimentos es una mole de piedra en forma de vela donde se esfuerzan en mirar hacia el frente unos personajes de piedra maciza, creíbles y realistas. En la parte más importante, rompiendo el esquema del conjunto y con la vista perdida en el mar, aparece un Henrique el Navegante firme y poderoso con una carabela en su mano. Realmente el conjunto impresiona. Pero debo admitir que a la sensación de grandeza que emana de él se unió la música peruana que un grupo tocaba a los pies de la estatua, vestido con sus trajes típicos. El conjunto escultórico y la música allende los mares se fusionaban de tal manera que conmovían el espíritu. Me dio un poco de envidia porque el homenaje que hacen a Henrique  y a Vasco da Gama en Portugal no es el que se le hace a Cristóbal Colón en España, no quiero imaginar qué harían los portugueses si Colón hubiera descubierto América para su reino. Todo allí es Vasco da Gama: las avenidas, los hoteles, los puentes, los centros comerciales…

Torre de Belém.

Réplica de la Torre de Belém.
A lo lejos se divisaba la Torre de Belém, pequeña y preciosa, más cercana a la vista que al paso. Caminamos un buen trecho bajo un sol abrasador y un viento omnipresente hasta llegar a la maravillosa Torre de Belém, uno de los lugares más bonitos y encantadores que se puedan visitar. El mar o el río, como queramos considerarlo, llega hasta sus cimientos y cuando sube la marea cubre la escalera que originariamente daba acceso al edificio. Ahora han puesto una práctica pasarela para llegar hasta ella. Nos paseamos por la pequeña playa de arena blanca repleta de conchitas que está al pie del monumento y nos hicimos fotos en una pequeña réplica de bronce que a todo el mundo encandilaba.


Teclea el código secreto

Los restaurantes al pie del río tenían precios prohibitivos así que tuvimos que conformarnos con ir a un práctico y nada encantador Mcdonalds. No fuimos los únicos porque el restaurante estaba lleno de extranjeros, sobre todo españoles. Es de imaginar que todos pensamos que era un lugar conocido, donde sabes lo que vas a comer, con precios razonables y aire acondicionado, detalle nada despreciable para el calor que habíamos pasado en el camino y para las quemaduras solares que ya presentaba aunque me hubiese protegido con gorra y gafas de sol.

Una cosa que nos llamó la atención fue la presencia de un teclado numérico en la puerta de los baños. Todo el que quería entrar tenía que marcar el código secreto. Miramos el ticket de la comida imaginando que nos daría la combinación ganadora, pero nos equivocamos. Tratamos de observar el número que tecleaba la gente, un código de cuatro cifras como los pines de los móviles. Cuando desciframos el misterio nos dirigimos al baño con la casi ilusión de marcar nosotros también la clave, cuando una chica que salía me sujetó la puerta y pude entrar sin necesidad de pin, código, clave, ni nada de nada.
La pastelería donde se elaboran los famosos pasteles de Belém.

Pasteles de Belém con receta secreta.
Después nos pusimos en la obligada cola de la pastelaria original de Belém y compramos sus famosos pasteles. Yo quería habérmelos comido allí, como debía ser, pero mis compañeros de viaje tenían demasiada prisa por ir a Cascáis.


El apeadero asesino

Lo más complicado del viaje fue conseguir los billetes para el tren de Cascáis. Había que sacarlos de una máquina expendedora en un apeadero a las afueras de Belém. No había quien entendiera el funcionamiento de la máquina, del sistema de trenes, ni de las paradas. Había cuatro trenes cada uno de un color  que tenía en común una parte del recorrido, sin embargo cada uno tenía el final de su línea una parada después que el anterior y solo uno llegaba hasta Cascáis.

Vista del monumento a los descubridores y el puente sobre el río Tajo.

Un bienintencionado viajero intentó ayudarnos con la máquina expendedora, pero tardamos un rato en darnos cuenta que las tarjetas que habíamos sacado no servían para el tren y que teníamos que sacar otras nuevas (con el consiguiente gasto) aparte de la recarga para el viaje de ida y vuelta. Un español nos explicó el funcionamiento y ya pudimos sacar nuestros billetes.
El apeadero era tremendamente estrecho y los trenes pasaban a alta velocidad, muchos de ellos sin pararse allí. No comprendía porque unos paraban y otros pasaban de largo, además que no sabía el que tendríamos que coger ya que ninguno llevaba distintivo alguno con el color que le daban en el plano.

Uno de los apeaderos entre Belém y Cascais.

De repente sentí un furioso viento a mis espaldas y el bolso que llevaba colgado al hombro voló sobre mi cabeza. El sonido característico de un tren a toda velocidad me congeló. No me había dado cuenta de nada, no había oído la máquina acercarse, estaba de espaldas a la vía en aquel estrecho apeadero cuando el tren me pasó a pocos centímetros sin que nadie se inmutase. Pasé verdadero miedo y no me pude mover hasta que comprobé que estaba a salvo.
Nos equivocamos de tren y acabamos en un apeadero en medio de un barrio viejo y destartalado. Esta vez no le di la espalda a las vías ni un instante y permanecí completamente pegada a la barandilla que marcaba la entrada al pequeño recinto. A la segunda fue la vencida y conseguimos dar con el verdadero tren de Cascáis.

Playa de Cascais.


lunes, 5 de marzo de 2018

Frozen: la película Disney que no le hubiese gustado a Walt.



Hace cinco años que se estrenó Frozen y creo que no puede considerarse ya spoiler lo que voy a contar sobre esta maravillosa y sorprendente película. La crítica afirmó que tiene el sabor de los mejores clásicos y algún medio dijo que Walt Disney estaría muy orgulloso de ella. Permitidme que discrepe de esta última apreciación. En mi humilde opinión esta es la película Disney que no le hubiese gustado a Walt. Este film contradice todo aquello que siempre afirmaron las películas Disney, aquellas en las que el flechazo unía a los dos protagonistas, en las que su cariño sincero superaba las trampas de la malvada bruja y en las que al final, el valiente príncipe salvaba a la bella e indefensa princesa, sellando su unión con un beso de amor verdadero.

Todos los que habéis visto Frozen sabéis que aquí se pone en duda el flechazo, se destaca la insensatez de prometerse con un desconocido, se muestra que el amor verdadero no es exclusivo de una pareja, se desvela que un príncipe azul no tiene porque ser la mejor opción y se demuestra que las mujeres pueden salvarse ellas solitas. Lo dicho, Disney nunca habría llevado a la pantalla este argumento.

http://jinetedelanoche.blogspot.com.es/2013/09/3-nuevos-posters-de-frozen-lo-nuevo-de.html
Uno de los carteles de Frozen.

La historia se basa en el cuento La reina de las nieves de Hans Christian Andersen, pero en una versión muy libre que poco tiene que ver con el original donde la malvada reina de las nieves secuestra a un niño llamado Kay y su amiga Gerda va a buscarlo.

Hace 70 años que Disney se planteó hacer la versión animada de la historia de Andersen, pero todo se quedó en diseños y bocetos. La idea se retomó en 2002, pero no terminó de cuajar, por lo que el proyecto volvió a ser descartado. Por fortuna, no tuvimos que esperar tanto tiempo para que se volviera a considerar el cuento del escritor danés como posible película de animación y en 2010 un equipo se puso manos a la obra para continuar con la idea de Walt Disney. Pero durante el proceso, el proyecto inicial fue sufriendo importantes variaciones. Las protagonistas de la historia iban a ser Elsa (la reina de la nieves) y Ana (una campesina con el corazón roto que pide a la reina que se lo congele). Pero se decidió que debía haber un vínculo mayor entre las dos chicas y las convirtieron en hermanas. Después tomó forma una gran escena en la que la malvada Elsa regresaba a la ciudad acompañada por un ejército de muñecos de nieve. Todos tenían claro que la nieve tenía que ser un personaje más en la película y que el bello pueblo en el que se desarrolla la historia debía estar inspirado en Noruega. Así fue cómo surgió el reino de Arendelle del que Elsa es la princesa heredera. Parte del equipo técnico contemplaba la idea de despojar a Elsa de toda maldad y presentarla como una persona angustiada por el temor a dañar a quienes quiere con un poder muy peligroso que no sabe controlar.

Cuando Robert López y su esposa Kristen Anderson-López presentaron la maqueta de Let It Go, los guionistas lo tuvieron claro: la canción tenía tanta fuerza que habría que reescribir el guión para que Elsa ya no fuera la malvada de la historia y convertir la composición en el tema principal del film. Y así es como una canción escrita en dos días, pudo cambiar el argumento de toda una película.

Frozen ganó el Oscar a mejor película de animación en 2014, Let It Go ganó el Oscar a mejor canción original y fue traducida a 42 idiomas.

http://la-biblioteca-de-laura.blogspot.com.es/2015/03/lo-que-disney-congelo-mi-critica-de.html
Los protagonistas de Frozen:  Elsa, el príncipe Hans, Anna, el muñeco de nieve Olaf , el reno Sven y Kristoff.

La historia comienza cuando la pequeña Elsa, ignorando las fatales consecuencias que puede tener su don de congelar cuanto toca, hiere accidentalmente a su hermana Anna mientras juegan. Sus padres llevan a las pequeñas ante los trolls y el sabio Gran Pabbie salva la vida de Anna.

Después de esto, las puertas del castillo se cierran para todos y la princesa se aparta de su hermana. Los años pasan y, tras quedar huérfanas, Elsa se convierte en la heredera al trono de Arendelle. Marcada por su secreto, se ha transformado en una joven solitaria, seria y triste, mientras que Anna es alegre, divertida y soñadora.

Anna vive con gran ilusión los preparativos para la ceremonia de coronación de la reina. Acostumbrada a estar aislada en el castillo, fantasea con la idea de ver el gran salón repleto de gente venida de todas partes, y sueña con que en esa fiesta conocerá al hombre de su vida, a su amor verdadero. Sin embargo, el día que tanto anhela su hermana, es una agonía para Elsa que teme no ser capaz de ocultar sus poderes delante de todos.

https://blogsoypochoclero.wordpress.com/2013/06/18/teaser-e-imagenes-de-frozen-una-aventura-congelada/disney-frozen-anna-hans/
Un flechazo hace que Anna
se enamore del príncipe Hans.
Los deseos de Anna se ven cumplidos al conocer al príncipe Hans. El flechazo es instantáneo y los dos descubren que están hechos el uno para el otro. Rápidamente Hans pide matrimonio a Anna y la muchacha acepta encantada. Cuando la pareja se lo comunica a Elsa, la reina se enfada intentando hacer ver a su hermana que no puede casarse con un desconocido, pero la jovencita no entra en razón. La tensión del momento y los nervios hacen que Elsa pierda el poco control que tiene sobre sus poderes y todo se congele a su alrededor. En un instante, el verano se convierte en un crudo invierno y los presentes acusan a Elsa de bruja.

En el momento álgido de la historia, cuando la reina huye hacia las montañas, suena Let It Go, (Suéltalo en la versión española, y Libre soy en la latinoamericana), la canción que cambió el argumento de la película y que Elsa entona llena de fuerza y coraje, proclamando que por primera vez se siente libre y preparaba para vivir su propia vida.

Anna pide a Hans que se haga cargo del reino mientras ella sale en busca de su hermana. Durante su viaje conoce a Kristoff, un recolector de hielo, solitario y desconfiado, que solo acepta la compañía de su reno Sven. El joven decide ayudarla y juntos tropiezan con Olaf, el muñeco de nieve que con el que Elsa y Anna jugaban cuando eran niñas, pero que ahora ha cobrado vida y se une a la expedición.

Cuando Anna llega al palacio de hielo que ha construido Elsa, le cuenta que ha sumido a Arendelle en un invierno eterno, pero la reina no sabe cómo revertir el efecto de la magia y se niega a regresar. Una vez más, la obstinación de Anna saca a Elsa de sus casillas y, sin querer, lanza un rayo de hielo que le alcanza el corazón. Ninguna de las dos es consciente de lo ocurrido, pero al poco tiempo Anna comienza a sentirse enferma. Kristoff la lleva junto a los trolls, su familia adoptiva, y Gran Pabbie descubre que Anna tiene congelado el corazón y que solo un acto de amor verdadero puede evitar que muera.

Mientras tanto, el caballo de Anna ha regresado solo a Arendelle, alarmando a Hans. El príncipe reúne a un puñado de hombres y acude al rescate de su amada llegando hasta el palacio de hielo de Elsa y llevándosela prisionera.

Convencido de que solo un beso de Hans, el verdadero amor de Anna, puede salvar la vida de la muchacha, Kristoff decide renunciar a ella y emprender una carrera contrarreloj para lograr alcanzar el castillo de Arendelle y dejarla al cuidado del príncipe.

Cuando se encuentran a solas, Anna le explica a Hans lo ocurrido y le pide que la bese. En un impactante giro argumental, el príncipe se niega, confesándole que nunca la ha amado y revelándole sus verdaderos planes: siendo el menor de trece hermanos su única opción para acceder al trono era casarse con una princesa heredera de otro reino. Elsa era inalcanzable y Anna estaba tan deseosa de encontrar el amor que le fue muy fácil engañarla. Una vez casado con Anna solo tenía que deshacerse de Elsa, pero la propia reina se ha condenado al herir mortalmente a su hermana.

Esta es la primera vez en una película Disney en la que el príncipe encantador, el héroe que tenía que salvar a la princesa con un beso de amor verdadero, se revela como el auténtico malvado de la historia.

Hans apaga la chimenea y encierra a Anna en la fría habitación. Luego se presenta destrozado ante la corte para informarles que Anna ha muerto entre sus brazos después de haber pronunciado sus votos matrimoniales y que Elsa ha sido su asesina. Rápidamente acude a la celda para matar a la reina, pero comprueba que la joven ha logrado escapar.

http://la-biblioteca-de-laura.blogspot.com.es/2015/03/lo-que-disney-congelo-mi-critica-de.html
Elsa y Anna en uno de los
momentos finales de la película.
Mientras se aleja, Kristoff divisa una terrible tormenta de nieve sobre el castillo e, incapaz de ocultar por más tiempo el amor que siente por Anna, corre a rescatarla.

Anna también ha descubierto que no es el beso de Hans lo que había de salvarla, sino el amor de Kristoff y, con la ayuda del fiel Olaf, consigue huir de su encierro.

Mientras tanto, Hans ha alcanzado a Elsa y la acusa de haber matado a Anna. La reina se derrumba al oír sus palabras y ya no se opone a su fatal destino.

En ese momento Anna ve que Kristoff se acerca a toda velocidad para auxiliarla, pero también que Hans va a asesinar a Elsa. Así que decide utilizar sus últimas fuerzas para salvar la vida de su hermana interponiéndose entre ella y la espada de Hans que se hace añicos al chocar contra una Anna convertida ya en estatua de hielo.

Elsa llora desconsolada abrazada a la que fuera su hermana. Anna ha sacrificado su propia vida para salvarla en un acto de amor verdadero, y esto es, precisamente lo que descongela el corazón de la princesa haciéndola volver a la vida. En ese momento Elsa descubre que es el amor lo que puede hacerle controlar su poder y, segura de sí misma, lo utiliza para devolver el verano a su reino.

La felicidad regresa a Arendelle. Hans vuelve encarcelado a su país para ser juzgado por traición, Kristoff se convierte en el proveedor oficial de hielo del reino y Olaf tiene su propia nube de nieve que le impide derretirse en verano. Anna y Kristoff se besan enamorados, Elsa promete no volver a cerrar las puertas del castillo y convierte el patio en una pista de patinaje sobre hielo para regocijo de sus súbditos.

Aunque hayan transcurrido cinco años desde el estreno de la película, Frozen sigue siendo
la estrella de las producciones Disney en la actualidad, sin ser eclipsada por los filmes posteriores.
Carroza de Frozen en la cabalgata de las princesas en el Parque Eurodisney, París.