Aquí cambiamos de tema ¡de buenas a primeras!

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sábado, 29 de octubre de 2016

Hechos reales: anécdotas de viajes II



En otro tren nos ocurrió una anécdota curiosa. En el panel de salidas anunciaban el mismo andén para dos destinos diferentes. Me pareció extraño, pero yo no discuto las decisiones de la compañía así que, puse especial atención en subirme al que llevaba escrito mi ciudad y ocupar mi asiento en el vagón numero 11.

La azafata apareció enseguida repartiendo los auriculares para la película que emitían, cosa que no sé bien por qué se sigue haciendo, ya que parece que la única que ve la película soy yo. Bueno, en esta ocasión también el muchacho rubio y guapo que ocupó el asiento del otro lado del pasillo, y eso que la película era malísima.

El panel del tren anunciaba con bastante antelación y repetidas veces el siguiente destino en el que tenía parada. El joven, que había estado adormilado, se levantó de repente dando un salto.

-¿Dónde estamos? ¿Ya hemos pasado Ciudad Real?

-Sí, hace rato- le contesté.

-¡No! Tenía que bajarme en Ciudad Real y cambiar de tren. ¿Cómo voy a llegar a Sevilla a tiempo?

-Me parece que es la misma vía hasta Córdoba- le dije tratando de tranquilizarle – Busca al revisor, que está junto al vagón cafetería, y cuéntale lo que te ha pasado.

-Eso haré, gracias- respondió levantándose y cogiendo su maleta.

http://cordobacoaching.blogspot.com.es/2012/08/las-vias-del-tren-de-tu-destino.html

Pasó el tiempo y varias paradas más y pensé que se habría bajado en una de ellas, pero el muchacho volvió.

-He hablado con el revisor y lo hemos solucionado. Luego he cenado en la cafetería – me dijo- Tenías razón, es la misma vía hasta Córdoba, así que también puedo hacer el cambio de tren allí. Esta vez estaré más atento. No sé por qué me he distraído viendo esa película tan mala- continuó hablando – Soy un desastre, solo a un desastre como yo le ocurren estas cosas.

-Eso le puede pasar a cualquiera- le respondí pensando que estaba siendo demasiado duro consigo mismo.

-No, en mi billete ponía el vagón 30, pero me pareció un error, creí que un tren no podía tener tantos vagones y me subí en el último, en este. Pero resulta que van dos trenes juntos y sí existe el vagón 30 y está en el tren que va a Sevilla. Cuando lleguemos a Córdoba me bajaré e iré corriendo hasta el otro tren antes de que se separe de este – se explicó- Por eso digo que soy un desastre, siempre metiendo la pata, siempre cayéndome, como el personaje que interpreto en mis espectáculos.

-¿Espectáculos?

-Soy mago- me aclaró – Mezclo la magia con el humor y la gracia está en que todo me sale mal, pero me tiene que salir mal de una forma determinada para que el público se ría.

-Claro- asentí interesada- ¿Y actúas en Sevilla?

-Sí, mañana- y me dijo su nombre – Me han contratado para un evento, el equipo técnico lo está montando todo para los participantes. Así que cuando llegue esa parte me la encontraré hecha y solo tendré que preocuparme de lo mío. Tengo la gran suerte de que mi vocación es mi profesión.

-¿Y vives de ello?

-Sí, me da para vivir de ello. He actuado en muchos lugares, viajo mucho, siempre solo en el tren o en el avión. No se acostumbra uno a esta soledad. A veces es muy duro. A veces estás mal pero tienes que salir ahí a hacer que la gente se ría.

-Haces que por un rato la gente se olvide de sus preocupaciones. Eso es muy bonito.

-Sí, pero cuando no se ríen… lo paso fatal. Una vez, en Francia, el espectáculo salió mal, pero mal de verdad y nadie se reía. Fue horrible. Te analizas mucho, te preguntas qué no habrá funcionado.

-Pero te levantas y vuelves a ello.

-Sí, mañana, sobre el escenario, volveré a ser un desastre, a tropezar, a caerme, a salirme mal las cosas, pero yo sé que se reirán. Me encanta Andalucía, me encanta Sevilla, Málaga y soy un enamorado de Cádiz. Me encanta la gente del sur. Lo malo es que, en realidad, lo mismo me da estar en Sevilla que en Móstoles, porque no veo nada de la ciudad, solo la estación y el teatro o el lugar del evento.

Yo lo miré pensativa. Nunca había conocido a un mago en persona y estaba segura que cuando lo contara, alguna amiga me diría que por qué no le había pedido que me hiciera un truco de magia. También estoy segura de que le habría molestado, o lo habría hecho por compromiso. En aquel momento no era un mago, sino un muchacho que, simplemente, se había equivocado de tren.

-Ya estamos llegando a Córdoba- dijo poniéndose en pie demasiado pronto y cogiendo su equipaje – Esta vez no me despistaré. Me voy corriendo. En cuanto pare el tren me montaré en el de Sevilla inmediatamente.

Miró que lo llevaba todo y yo me pregunté qué trucos de magia llevaría escondidos en su maleta, que juegos de cartas desastrosos, de esos que tienen que salir mal, pero mal de una forma determinada para hacer reír, tendría preparados para el día siguiente.

-Ha sido un placer conocerte- se despidió y en ese momento me di cuenta de que ni siquiera le había dicho mi nombre.

-Igualmente- respondí – Suerte para mañana.

Me sonrió y desapareció. Estuvimos un rato parados en Córdoba, así que me quedé tranquila, sabiendo que había logrado tomar su tren.


Cogí el móvil y busqué su nombre en internet. Y allí me apareció su foto, con su pelo rubio despeinado, su ropa de los espectáculos y sus trucos preparados para unas buenas risas. 

http://www.espectaculoscortina.com/talleres_infantiles_barcelona.html

viernes, 14 de octubre de 2016

Hechos reales: anécdotas de viajes I


Yendo en autobús entre dos ciudades enclavadas en el Camino de Santiago, nos paramos en un pueblo de poético nombre. Cuatro peregrinos subieron al vehículo, pero el que tenía el asiento 31 se encontró con que estaba ocupado. Los dos miraron su billete y concluyeron que estaba duplicado, pues ambos eran exactamente iguales y señalaban como lugar asignado el asiento 31. Los otros tres peregrinos se acomodaron en sus sitios, mientras el cuarto iba a hablar con el simpático conductor. El hombre lo recibió con buena disposición, pues era dado a hablar mucho con los pasajeros, sin ir más lejos, cuando me subía al vehículo, en la estación de autobuses, me dijo: “Ilusionada ¿eh?” con una sonrisa.

Después de escuchar lo que ocurría, el conductor apartó la vista del billete, se acercó a la persona que ocupaba el asiento y tras comprobar que no entendía el castellano, sonrió abiertamente y bromeó:

-Alguien va a tener que hacer el camino andando…- luego poniéndose serio añadió: -No me está permitido llevar a nadie de pie en el autobús… ¡El que sabe español que se venga conmigo!

http://www.compostelavirtual.com/fotos/foto-senal-camino-de-santiago-322.html

 El peregrino y el chófer se bajaron del autobús, entraron en el bar de carretera que también  hacía las veces de estación y de expendedor y, tras unos minutos de incertidumbre, volvieron con un tercero.

-Tengo una persona que se baja en el siguiente pueblo- dijo el conductor y luego levantó la voz -¿Quién se baja en el siguiente pueblo?

-Yo- contestó la señora del primer asiento de manera disciplinada, alzando la mano, como si estuviera en el colegio.

- ¿Ves? El vendedor del bar se ha equivocado y ha vendido un billete repetido. Ahora, él mismo te llevará en su coche al siguiente pueblo, donde se bajará esta señora y tú ocuparás su lugar- le explicó al peregrino.

-Bueno- contestó el joven conforme – ¿Y mi mochila?

-Se queda en el autobús.

Dicho y hecho. El muchacho se apeó del vehículo y nosotros arrancamos sin más pérdida de tiempo. Los compañeros ni se inmutaron por la ausencia de su amigo. Veinte minutos después llegábamos a la siguiente parada en un pueblecito de casas bajas y modestas. El peregrino ya estaba allí, con el dueño del bar, de pie junto a un viejo Mercedes.

La señora se bajó en su destino, el muchacho subió, levantó los brazos y saludó a todos los viajeros. Como respuesta recibió una gran ovación y un aplauso de entusiasmo.

-¡Me he bajado de un Mercedes y me he subido en otro!- gritó ilusionado.

El conductor le señaló el primer asiento que había quedado libre.

-¿Portugués?- le preguntó interesado.

-Brasileño.

-Ahora están las Olimpiadas.

-Las Paraolimpiadas, sí.

Y ese fue el inicio de una larga conversación, a la que solo le faltó pedirse los respectivos facebooks, mientras que en la radio sonaban canciones de los años sesenta y las típicas de ciudades que solo has oído a algún borrachín.

Y es que las cosas, con buena voluntad por todas las partes, pueden solucionarse fácilmente.




No es lo mismo que nos ocurrió en el tren de Hendaya a Madrid, que hacía parada en Burgos.  En la estación esperábamos decenas de personas con nuestras respectivas maletas. Varios muchachos invidentes hablaban con el empleado de la estación que iba a ayudarlos a acomodarse, cuando el tren llegó repleto. Tuvimos que esperar pacientemente que los viajeros que tenían como destino Burgos, se apearan para poder subir nosotros y ceder el paso, como es lógico, al grupo de muchachos y al empleado que los acompañaba y que después debía bajar del tren, antes de que éste emprendiera su marcha de nuevo. Se ve que en esta operación tardamos más de lo habitual y cuando aún estábamos subiendo las maletas, se escuchó la voz de una señora muy enfadada que gritaba desde otro vagón:

-¡Vamos, que ya llevamos diez minutos de retraso!

La impaciencia es muy mala consejera.

http://consejosperegrinos.com/senalizacion-en-el-camino-de-santiago-para-no-perderse/